Entre veladoras y cargos públicos: la efímera vanidad del poder

Por Ivonne Trujillo

Hay fechas en el calendario que nos invitan inevitablemente a mirar hacia el pasado, a reencontrarnos con la memoria y a reflexionar sobre lo verdaderamente sustancial de la existencia. Acabamos de transitar días impregnados de aroma a cempasúchil, misticismo y viva tradición con la celebración del Día de Muertos; una de las manifestaciones más profundas de nuestra identidad colectiva, donde los mexicanos hemos aprendido a encarar a la muerte con elegancia, solemnidad y hasta una pincelada de picardía, acaso como una forma entrañable de amortiguar su inevitable certeza.

En cada hogar habita una ausencia, una veladora encendida y una fotografía abrazada por el recuerdo. Todos albergamos la memoria de alguien a quien esperar, sabiendo que su retorno trasciende lo físico para habitar en lo afectivo. Sin embargo, más allá del recogimiento, estas fechas entrañan un recordatorio implacable: nuestra fragilidad humana y el carácter finito de nuestra estancia en este mundo. La muerte no distingue condición socioeconómica, jerarquías ni cargos públicos; ante ella se diluyen los privilegios y las pretensiones.

Comprender que el tiempo es un préstamo debería restarle terreno a la soberbia y abrir espacio a la empatía y la grandeza de espíritu.
Esta premisa adquiere un matiz urgente cuando se traslada al ejercicio de la política y el poder. Quienes ostentan o han ostentado la responsabilidad de la representación popular —experiencia que nos enseña que las instituciones trascienden a las personas— deben recordar que todo espacio de decisión es esencialmente temporal. El poder no es patrimonio individual; gobernar y legislar exigen humildad, sensibilidad social y una decidida vocación de servicio. La verdadera trascendencia del encargo no reside en la ostentación del título ni en la comodidad del ego, sino en la capacidad real de transformar vidas, defender causas justas y construir cohesión donde otros dividen.

Cuando los reflectores se apagan y los periodos constitucionales concluyen, lo único que prevalece es el impacto tangible dejado en la comunidad. Mientras las veladoras se consumen y el cempasúchil se marchita, la lección trasciende el altar: nada es para siempre, mucho menos el poder. Algún día todos seremos el retrato en una ofrenda o un relato en la memoria colectiva. Llegado ese momento, la historia no juzgará los títulos acumulados, sino el valor con el que honramos las oportunidades recibidas para servir a los demás.