Lo que yo pienso.
Juan Javier Gómez Cazarín.
Quienes tenemos un ser amado en el cielo sabemos que todos los días son Día de Muertos.
Creo que no hay un día en que no los traigamos a la mente. No hay un día en que su ausencia no pese. No hay un día en que algo no salte de repente, como salido de la nada, lo que sea, una canción, una prenda de vestir, un chiste, una noticia en la tele o unos tacos junto a la carretera, para ser una punzada silenciosa de la memoria dolorosa, un recordatorio de que no están físicamente con nosotros.
Sólo Dios sabe cuántas veces, tan sólo este año, me hubiera gustado abrazar a mi abuela Chita o a mi abuela Teresa; o comerme unos frijoles de mi tía Benita (mi querida Gallo Gallina); o echar desmadre con mi Manita Mary; y, quizá sobre todo, marcar el teléfono de mi hermano para pedirle sus consejos.
La vida está llena de contradicciones, al menos aparentes. Así que, por contradictorio que parezca, al mismo tiempo su presencia se siente muy cerca de nosotros. Nos acompañan, nos abrigan, nos hacen sentir que no se fueron por completo y que nuestro camino por la vida lo seguimos recorriendo con ellos a nuestro lado.
Este año, la cita de todos los años en el panteón de Hueyapan, con música, comida y risas. También ellos deben saber que no están solos, que no han sido olvidados ni de cerca y que sus canciones y sus gustos siguen vivos porque alguien los ama y los recuerda con mucho más cariño que tristeza.
Y creo que la mayor lección del Día de Muertos es esta: aprovechemos nuestra vida y la de nuestros vivos. Disfrutemos su presencia, expresemos el amor que les tenemos y construyamos grandes recuerdos para cuando la foto en el altar sea la de ellos o la nuestra.