Columna #LaAgendaDeLasMujeres
Por Mónica Mendoza Madrigal
A inicios del siglo pasado, un logro del movimiento obrero fue reducir la jornada laboral a 8 horas diarias, luego de la enorme explotación de la mano de obra de la industrialización.
Sobre ese esquema es que se fincó el crecimiento del capitalismo de nuestros países -México incluido-, basado en la explotación de la mano de obra de quien, por necesidad, trabaja sus 48 horas semanales y en el mejor de sus casos, cobra un monto adicional por el tiempo extra que le dedica a su empleo, aunque lo común sigue siendo alargar indefinidamente el tiempo laboral sin remuneración complementaria.
Nuestros padres y madres, y sus padres y sus abuelos trabajaron mediante ese modelo. Historias de trabajo de sol a sol, con poca paga y mucho desgaste abundan en nuestras familias. Historias de orgullo, sí. De lo que con su trabajo lograron hacer para que su descendencia tuviera un legado; pero historias de ausencia también. Hijos e hijas que tuvieron figuras paternas o maternas ausentes, porque estaban trabajando y alguien más tuvo que criarles mientras crecían y hoy sabemos que esas carencias afectivas cobran facturas que no se subsanan.
Pero no solo con las infancias se pagó un muy alto precio.
Las de nuestros padres y las de nuestros abuelos y las de nosotros mismos son generaciones de personas que sobrevivimos al estrés laboral y a toda la serie de facturas que ello implica: salud trastornada por el sedentarismo, malos hábitos alimenticios, violencia laboral, salud mental mermada, etc.
Y claro, la sobrecarga del trabajo doméstico y de cuidados que recae casi en exclusiva en las mujeres y que encuentra en este esquema la justificación perfecta para un ciclo perverso que es ya insostenible.
Tuvo que llegar el COVID para hacer que nos topáramos de frente con una realidad inocultable: ese ritmo de vida cobra un precio muy alto.
Nos obliga a replantearnos simultáneamente en varios frentes: es urgente compartir las tareas domésticas y de cuidados entre quienes comparten techo para democratizar desde el hogar –reducto en el que pese a los avances, la igualdad no ha estado llegando-, pero además ahora hay que sumar a los hombres al reto de las nuevas masculinidades, para que ejerzan paternidades presentes, dejen atrás las carencias afectivas y se sumen a un proceso de avance que se centró por décadas en las mujeres como víctimas y que hoy los requiere a ellos como compañeros.
Además, este nuevo tiempo nos ubica como personas con derechos que no habíamos ni pensado: el derecho al descanso, al tiempo libre y a la desconexión digital van precisamente en ese sentido y buscan compensar los abusos de mucho más de un siglo.
Y es que si de pronto las mujeres y los hombres en edad laboral gozáramos de ese tiempo que es nuestro, entonces podríamos hacer todo eso que jamás hacemos por falta de tiempo. Es claro que esa deuda no nos la brindó el teletrabajo, al menos no a las mujeres en el esquema de únicas cuidadoras, porque acabó convirtiéndose en un cuadrilátero sin descanso y totalmente invasivo, en donde las horas de trabajo no tenían vencimiento; por ello es que se hace necesario replantearse una reforma a la jornada laboral.
La reforma necesaria debe armonizar la legislación mexicana con la internacional, que ya ha avanzado en este sentido, pero –hay que decirlo– la propuesta que fue presentada por la presidenta y aprobada por el Senado la semana pasada para hacer modificaciones al artículo 123 de la Constitución Política, lo que contiene una trampa que hace que lo votado no represente el beneficio deseado. Y es que Morena y sus aliados en la Cámara alta aprobaron que la reducción a 40 horas de la semana laboral se dé gradualmente, y que solo contemple un día de descanso a la semana.
Hay que pertenecer a la clase trabajadora para saber que ahí no hay cambio sustantivo ni beneficio palpable, pues igual hay que levantarse temprano, prepararse para ir al trabajo, desplazarse, cumplir el tiempo de jornada y regresar. ¿Y el descanso prometido en dónde queda?
La reforma de verdad, que otorga a quien trabaja dos días de descanso semanal, claro que no beneficia a los empresarios, porque ellos desde luego prefieren empleados que trabajen más días por el mismo sueldo; pero decir que primero los pobres es ponerlos por delante, aún a costa de los intereses de los capitales y sus propietarios.