ANDRÉS TIMOTEO
CACERÍA DE MUJERES
En México hay una cacería de mujeres intensificada las últimas dos semanas coincidentes -oh paradoja- con el periodo vacacional de Semana Santa, lapso que se supone es para honrar la enseñanza de amor al prójimo que hizo El Nazareno hace dos mil años. Nada se aprendió y la ola de feminicidios es brutal. El caso más mediático en la actualidad es el Debanhi Escobar, una chica regiomontana de 18 años.
La adolescente estuvo desaparecida trece días y su cuerpo fue encontrado el viernes en el interior de una cisterna. Mientras buscaban a Debanhi, la policía localizó los cadáveres de otras cinco mujeres que también estaban reportadas como desaparecidas. El caso ha abierto tanto el debate como el enojo nacional por la mala práctica de las autoridades para la búsqueda y el intento de justificarlo culpando a la víctima.
En cinco ocasiones, los policías inspeccionaron el lugar donde se localizó el cadáver -atrás de un motel – y no encontró nada aún usando perros adiestrados y eso desató la sospecha de que el cuerpo fue “sembrado” frente a sus narices. ¿Se acuerdan del caso de Paulette Gebara en el Estado de México en el 2010? El cuerpo de la niña de 4 años lo encontraron debajo del colchón de su habitación a pesar de que durante días ahí hicieron pesquisas los forenses y no lo habían hallado. Un montaje pues.
Además, en el caso de Debanhi la Fiscalía de Nuevo León deslizó la versión inicial de que la chava había caído accidentalmente a la cisterna y se ahogó porque andaba drogada. Es la táctica de responsabilizar a la víctima de su tragedia, pero la Comisión Interamericana de Derechos Humanos tumbó la versión del gobierno al asegurar que Debanhi sufrió un ataque sexual y su cuerpo presenta golpes correspondientes a una agresión muy violenta.
La opinión pública arde y no es para menos, aunque al margen hay que hacer una anotación puntual -y que no se desprende de una tendencia misógina ni de un prejuicio conservadores sino del contexto social y nacional – : no toda la responsabilidad es del gobierno que sí mucha culpa por la ‘mala praxis’ para gestionar la búsqueda de la víctima. También hay responsabilidad de los padres de la chica.
Cierto, ninguna mujer debe correr peligro de ser agredida ni por su edad ni por cómo viste ni por dónde anda, pero eso es la utopía sobre todo en México que es un país tan violento y lleno de feminicidas. ¿A poco no es poner una presa apetitosa para los depredadores cuando una jovencita de 18 años va a una fiesta a las afueras de la ciudad y luego deambulan en la madrugada en un paraje solitario?
Aparentemente la vigilancia y la autoridad de los padres estuvieron ausentes en el caso de Denanhi y eso contribuyó a crear las condiciones para la tragedia. No hay que engañarse, los tiempos y las circunstancias en el país -Veracruz incluido- no son para que una adolescente ande sola en durante madrugada y en un sitio desolado. Tampoco para que carezca de la mínima supervisión y control de sus papás. Este caso deja -otra vez- una dolorosa enseñanza y una alerta para todos.
Por eso se insiste que es la misma que en la película estadounidense Wind River cuando Cory Lambert, uno de los protagonistas del filme, le expresó a su esposa Jane luego de que a su hija adolescente la violaron, asesinaron y abandonaron su cuerpo en una bosque nevado de Wyoming: “cuidar a los hijos nunca es suficiente, los lobos saltan de cualquier parte, de donde menos te lo esperas”.
LAS 42 DE VERACRUZ
Pero no solo en Nuevo León están desatados los depredadores pues Veracruz anda por las mismas y en las últimas tres semanas se acumularon otros 9 feminicidios para hacer un total de 41. El Observatorio Universitario de Violencia contra las Mujeres de la Universidad Veracruzana (OUV) reportaba 28 asesinatos de mujeres hasta marzo, aunque no han contabilizado abril.
Los nueve feminicidios adicionales son el de Edith Vianey ahorcada y apuñalada por su esposo en Oluta, mientras que Virginia de 68 años fue asesinada en su hogar del puerto de Veracruz. En Jalapa, a la estudiante Juana la mataron en el baño de la vivienda que alquilaba y otra mujer del mismo nombre, Juana, fue degollada ayer domingo en su casa de Catemaco. En Sayula de Alemán, Martha fue acribillada a balazos en el restaurante donde trabajaba y en Tlapacoyan, Susana y su hija Danna de 7 años fueron asesinadas y arrojadas a una cisterna -también su hijo de 10 años fue muerto en ese mismo episodio-.
Y hay dos casos que el gobierno estatal ha tratado de ocultar que son el de Danna de 20 años, una agente del Instituto de la Policía Auxiliar (IPAX) quien recibió un tiro en la cabeza y murió en un hospital de Perote. La versión es que sus compañeros intentaron abusar de ella y al resistirse sacando su arma para defenderse uno de le disparó en el rostro. El otro caso es de Celia, una mujer centroamericana asesinada en el poblado Vaquería de Cosautlán de Carvajal. Son dos feminicidios silenciados.
También Observatorio Universitario de Violencia reporta 160 mujeres desaparecidas en la entidad lo que va de este 2022, cifra que la Comisión Estatal de Búsqueda -que depende del gobierno cuitlahuista – rebaja en más del 90 por ciento pues solo reporta 15 casos. Es la clásica ‘rasuradora’ de cifras para minimizar la incidencia del delito, igual que la Fiscalía estatal reclasificó desde el 2020 el delito de feminicidio por el de homicidio doloso y así bajó artificialmente la estadística en un 60 por ciento. No esclarecen los feminicidios ni castigan a los culpables, pero sí los borran de la lista.