Uriel Flores Aguayo
Siempre hay que ser agradecido. Más todavía con los días y juegos que nos regaló la selección mexicana de futbol. Fueron momentos de alegría e ilusión. Nos quedamos en el camino, pero la sensación y el consenso es de parcial satisfacción, porque dieron muestras de buen conjunto y buen futbol. Se vieron capaces y comprometidos. Fue un grato respiro después del fracaso, ese sí, del anterior mundial, el de Qatar. Quedan las impresiones de que teníamos para más, no alcanzó. El futbol y la Copa en específico son un elevado fenómeno social. Basta saber que los juegos de la selección fueron vistos en pantallas por más de sesenta millones de personas, casi la mitad de la población. Evidentemente tuvo máxima centralidad y fue el principal motivo de la conversación nacional. Estuvimos conectados a la marcha de la selección, los festejos fueron masivos y lo que le sigue. No hay otro factor que motive tal interés y vinculación, con una relativa excepción de las celebraciones guadalupanas. La identidad del futbol en nuestro caso es la conexión directa e inmediata con la identidad mexicana. Como nunca el himno y la bandera exhiben orgullo y pertenencia nacional. Creo que nos sentimos bien, que vivimos días felices. Una felicidad colectiva, espontánea y auténtica. Estuvimos unidos y aprendimos algo de tolerancia. El resultado visto en conjunto es positivo: cuatro victorias de cinco juegos, 10 goles a favor y tres en contra y quedamos en noveno lugar mundial. Soy de los que piensan que el nivel mostrado y el apoyo popular daba para más, como nunca, pero así es el futbol. Sin conformismo hay que valorarlo en positivo y mostrar a las nuevas generaciones que tenemos capacidad para ser mejores en todo; que sea una experiencia de éxito. Y que haya continuidad ascendente. Pasada la euforia, se acabó la fiesta, y con la calma del día después hay que enfocarnos en los cambios sustanciales que requiere el futbol mexicano; no deben ser medidas cosméticas o “ gatopardistas”. Hacen falta reformas estructurales que tienen que ver con el ascenso y descenso, limitar el número de jugadores extranjeros y dar facilidades para la salida al mundo de los jugadores. Desde luego no se debe eludir la transparencia y aplicación justa de las reglas internas. Como acabamos de ver y vivir el futbol está asociado a fenómenos sociales e influye en el estado de ánimo de la sociedad. Eso que pasó forja comunidad y es una lección de unión. Es deporte y pueblo, sin alusión política. Es una experiencia sana y constructiva. Celebro que hayamos tenido en México una parte de los juegos de este mundial, que nuestra selección estuvo a la altura y que los niños y jóvenes que hayan estado en su primera copa supieran de éxitos y esperanzas concretas. Nunca más “ los ratones verdes “, cada vez más competitivos e inspiradores a nuestra niñez y juventud. Habrá muchas y variadas opiniones, técnicas o caseras, apáticas o positivas, habrá de todo, como debe ser, pero como se dice popularmente “ lo bailado nadie nos lo quita”.
Recadito : bien si entran nuevos autobuses a Xalapa, mejor si ponen orden en todo el transporte público.