Por Si Estaban Con El Pendiente
Quetzalli Carolina Vázquez
“Llegamos todas”, la frase se escucha muy bien en los discursos, conferencias y en los eventos donde mujeres de Morena presumen que ha llegado el tiempo de las mujeres; el problema es que, cuando se trata de disputar el poder, parece que algunas quieren llegar solas y, de ser necesario, pasar encima de las demás.
Las aspirantes a una candidatura han encontrado una fórmula mucho más sencilla que construir propuestas, convencer a la militancia o presentar un proyecto de gobierno: destruir a la adversaria.
Muchas de las que aspiran a una candidatura, o quieren un espacio de poder, están ocupadas buscando elementos para atacar, desacreditar y presentar contrincantes como indignas de una candidatura.
Atrás quedaron las propuestas; lo de hoy es aparecer en eventos públicos, tomarse fotografías, hacerse notar y, sobre todo, denostar a quien representa competencia, les hace sombra o tiene posibilidades de dejarlas sin una candidatura.
Y es que, en morena, han convertido la política en una competencia de desprestigio, ofensa y agresiones… quien agreda más, gana.
Hay un caso que retrata muy bien lo que pasa en la 4T y que va más allá de una disputa por candidaturas: el de la magistrada presidenta del Poder Judicial del Estado de Veracruz, Rosalba Hernández Hernández.
Su negativa a someterse a una evaluación que, por la naturaleza de su cargo y las disposiciones legales aplicables, no tendría por qué realizar en las mismas condiciones que los demás magistrados, fue suficiente para desatar una ofensiva en su contra y se convirtió en motivo de linchamiento mediático.
El aparato de poder en Veracruz, encabezado por una mujer, se volcó contra ella con la clara intención de mostrarla públicamente como no apta para ocupar el cargo que ostenta.
Se sabe que, Rosalba Hernández, aunque es de morena, no pertenece al equipo de la gobernadora Rocío Nahle; quedó claro con la campaña que desde el gobierno se promovió en su contra.
Y aquí hay que decirlo con todas sus letras: las plumas que emprendieron esa ofensiva no actuaron por generación espontánea. En Veracruz es ampliamente conocido el funcionamiento de los mecanismos de comunicación gubernamental y la relación de algunos espacios mediáticos y plumas pagadas con las directrices de Comunicación Social.
Las columnas y reporteritos del bienestar aparecieron con argumentos coincidentes, señalamientos similares y hasta frases que parecían responder a una misma línea discursiva.
¿De verdad alguien puede creer que todas esas coincidencias son producto de la casualidad?
Comunicación Social del gobierno estatal tampoco se manda sola, detrás de la «estrategia» de esa área hay decisiones políticas, prioridades y una persona que define a quién se le da visibilidad, a quién se le reconoce y a quién se le coloca en la línea de fuego.
Y esa persona también es una mujer: la gobernadora Rocío Nahle García.
Así que, en el caso de la magistrada presidenta, estamos ante una mujer que encabeza el Poder Ejecutivo y un aparato de comunicación que arremete contra otra mujer que preside el Poder Judicial; una contradicción difícil de conciliar con el discurso de sororidad que tanto presume la 4T.
En el puerto de Veracruz, la disputa alrededor de Anilú Ingram tiene otra expresión de esta misma práctica, su pasado priista y su historia en el Partido Verde se utilizan como argumentos para cuestionar su legitimidad política, aunque Morena haya recibido a miles de expriistas, expanistas y exmilitantes de otras fuerzas políticas.
Anilú también fue recibida en ese movimiento, pero ahora su pasado se vuelve un inconveniente por una simple razón: no pertenece al grupo político que pretende controlar la candidatura.
Mientras tanto, las aspiraciones de la diputada Zoraya Villacis, identificada con el proyecto de la alcaldesa Rosa María Hernández Espejo y con el respaldo político de la gobernadora, forman parte de una disputa en la que la competencia interna parece estar dejando de lado la construcción de propuestas.
Y aquí está el verdadero problema: en estos casos, las mujeres que participan en la disputa por el poder son también quienes impulsan, permiten o se benefician de estrategias de descalificación contra otras mujeres.
No se trata de defender a una aspirante o a una magistrada por el simple hecho de ser mujeres, sino de exigir congruencia, legalidad, condiciones equitativas y hacer a un lado la mentira y la diatriba.
La sororidad no significa impunidad ni inmunidad a la crítica, pero tampoco debería utilizarse como discurso mientras se organizan campañas para destruir a quien no pertenece a determinado grupo.
Ante estos ataques entre 4teístas podríamos decir: que se destruyan si eso quieren. Pero hay algo que a todos los veracruzanos debería importar y tiene que ver con el dinero público que se utiliza en el ataque guinda.
Porque sí, el dinero de los veracruzanos se está utilizando para financiar el golpeteo político contra adversarias del propio Morena. Las publicaciones no son gratuitas.
¿Quién las paga? ¿Quién dicta las líneas? ¿Quién decide qué mujer merece ser promovida y cuál debe ser exhibida? ¿Cuánto recurso público, personal y estructura gubernamental se utiliza para favorecer proyectos políticos particulares?
Las mujeres están en su derecho de competir por el poder, solo que al parecer algunas entendieron que para llegar no necesitan convencer a los ciudadanos, sino destruir a las otras competidoras
Y es así como el famoso “llegamos todas” termina convertido en: “llegamos las nuestras”, «llegamos las de mi equipo», «las otras estorban».
Si entre mujeres del mismo movimiento se disputan los espacios mediante campañas de desprestigio, exhibición de relaciones personales y ataques desde estructuras de poder, ¿qué puede esperar la ciudadana común? ¿Una montaña de denuncias por violencia de género? ¿Una lluvia de ataques mediáticos como lo hicieron con Cora Rodríguez, la vocera de colectivos de familiares de niños con cáncer en el puerto de Veracruz?
La Cuarta Transformación prometió cambiar las formas de hacer política, pero si para conseguir una candidatura hay que destruir a otra mujer, si para conservar un cargo hay que desacreditar a quien lo ocupa y si para imponer a una candidata se recurre y hace uso del aparato de comunicación del gobierno, entonces lo único que cambió fue el discurso.
La sororidad no se demuestra repitiendo consignas sino respetando el derecho de otras mujeres a competir, disentir, hablar, ocupar espacios y ejercer el poder sin que desde el gobierno se les convierta en blanco de una operación de desprestigio.
En Morena dicen que llegaron todas; en Veracruz, algunas lanzan dardos intentando que no llegue ninguna que no sea de su equipo y lo peor: es el gobierno quien dirige los dardos y los ciudadanos quienes los pagan.